De El Caserío me fío
En casa siempre hemos sido muy de comer quesitos en porciones de El Caserío; en parte porque de pequeño (y no tan pequeño) tenía un hambre voraz y me comía todo lo que pudiera llevarme a la boca, y porque mi hermana nunca ha sido demasiado fan de la leche y era una buena manera de que tomara algo de Calcio. Como veis la alimentación era un tema serio en mi casa.
Ha sido hoy, cuando estaba rematando el cocido del mediodía con uno de estos quesitos, cuando me he dado cuenta que los quesitos de El Caserío son un gran ejemplo de diseño consistente.
Para arrojar un poco de historia, los quesitos de El Caserío llevan desde principios de la década de los 30 entre nosotros, cuando su fundador D. Pedro Montañés de Villalonga empieza la fabricación y comercialización del queso fundido que obtenía en fincas ganaderas de Mahón. Para ello utilizaba tecnología importada de Suiza y las mismas cajas de cartón que podemos encontrar hoy en día. Como anécdota, durante el periodo de la guerra también se desarrolló maquinaria propia utilizando partes de un submarino adquirido en un desgüace. Luego la empresa fue adquirida por la multinacional Kraft y la fábrica original cerró.
Sin embargo el producto no ha cambiado apenas desde entonces: queso fundido en porciones envuelto en papel de aluminio con un excelente sistema de apertura y agrupado en cajas de cartón redondas.

Si nos detenemos en el aspecto visual sí que ha habido cierta evolución, pero el resultado sigue siendo fiel a los principios del buen diseño. Es lo menos que puedes esperar de un producto que reza “De El Caserío me fío.”
Referencia: Kraft Foods